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LOS LIBROS HAY QUE LEERLOS COMO SE LEEN LAS CERVEZAS

Por Simón Posada

Los libros hay que leerlos como se toman las cervezas. Ojalá se pudieran meter en la piscina, ojalá quitaran la sed y ojalá el Ulises, de Joyce, se dejara leer más fácil al meterlo al congelador, echarle zumo limón y sal por los bordes de las páginas. Ojalá los libros se pudieran tomar hasta la mitad sin sentir culpa por dejarlos empezados y ojalá pudieran ser leídos con música a todo volumen, poca luz y en bares con amigos.

Yo ruego por ver el día en que en la playa pasen vendedores gritando “¡libros-libros-libros!”, con neveras repletas de libros helados que refrescan la vista al posar los ojos en sus páginas. Sería hermoso, incluso, que los libros costaran lo mismo que una cerveza, que los bares tuvieran sus barras con libros en vez de botellas, que los libros los vendieran por canasta, que los policías llevaran a la cárcel a la gente que lee mientras maneja, que la gente fuera gorda de tanto leer y que los niños menores de 18 años compraran libros con identificaciones falsas para leerlos a escondidas.

Sin embargo, esto está lejos de ocurrir. Leer es y ha sido siempre una cosa de pocos, de una élite cerrada a la que le parece el colmo que los libros se mojen, se les eche limón y sal e, incluso, que se lean sólo hasta la mitad. No por nada las bibliotecas son templos del silencio y el orden, como si los libros fueran ancianos y enfermos terminales a los que el ruido les puede hacer perder el sueño. Una vez, un vigilante de una biblioteca me dijo “aquí no se puede hacer eso” porque le di un pico en la boca –no un beso–a mi novia de ese entonces.

Incluso, hay unos defensores de los libros tan extremistas que llegan al punto de indignarse porque una marca de cerveza hizo un comercial en el que un personaje se molesta porque un amigo le regala un libro. ¿Desde cuándo es motivo de indignación y protesta social que alguien diga que algo no le gusta? Allá él si no le gustan los libros. De hecho, ¿a quién le importa que una marca de cerveza muestre que los libros son aburridos? La respuesta es contundente: a los mismos que han hecho que leer sea aburrido y difícil, algo propio de personas con gafas, bufanda, voz baja y profunda, dedos en el mentón, neuróticos con Asperger, engreídos, discriminadores de la cultura pop y comercial, resentidos sociales que no soportan un pequeño error de ortografía en un periódico o que Walter Riso y Paulo Coelho vendan más libros que Roberto Bolaño. Estos mismos llegan al extremo, incluso, de tratar de escribir cada día más enrevesado, cada vez más ilegible, hacerse cada vez más difíciles para que sólo unos pocos puedan leerlos. “No quiero ser tan gentil con el lector”, he oído decir.

¿Acaso a alguien le importaría que Coca-Cola dijera que los colibríes son feos? ¿Que Renault dijera que es aburrido caminar? ¿Que Pepsi dijera que prefiere una hamburguesa a una ensalada? ¿Qué autoridad tiene una marca de cerveza en los procesos de edición y canales de venta de los libros? ¿Acaso la gente va a leer menos por culpa de un comercial de cerveza? ¿Acaso a alguien le importa lo que dice la televisión?

El libro es el invento más importante de la humanidad. Sin los libros, el conocimiento no se habría acumulado y estaríamos, todavía, pensando como Aristóteles, o subiendo a la torre de Pisa, como Galileo, a lanzar una pluma y un martillo para ver cuál cae primero, o investigando cuántas veces cabe el diámetro en la circunferencia o buscando la manera de medir la hipotenusa.

Yo he hecho libros en dos semanas, en tres meses y en dos o tres años, he descubierto novelas que he ayudado a publicar, he inventado libros para que otros los hagan a partir de una sola frase; he hecho libros con las uñas, que nacen tan pobres que no pueden ni pagarse una portada, hasta libros donde hay cien millones de pesos para gastar en cinco correctores de estilo, telas importadas de Italia para la portada y papeles traídos de Japón.

He visto novelas maravillosas irse a la picadora o a las librerías de saldo, he visto la indiferencia asquerosa de la élite intelectual frente a un autor que menosprecian porque la “x” la pronuncia como “ts”, sin saber que escribe mucho mejor que el autor-amigo que es bilingüe y ha sido embajador o ministro.

Yo creo que más que una marca de cerveza, los verdaderos enemigos de los libros son las personas que los reverencian al punto de indignarse por un chiste flojo de un comercial, porque son esas personas las que piden silencio en las bibliotecas, se burlan de los que leen Paulo Coelho o Ángela Becerra y escriben disertaciones de cuatro páginas para destruir la novela de un escritor primerizo. Ellos son los que hacen que los libros no cuesten $1.500, como las cervezas, sino $39.900, como un mercado de papa, arroz y carne, que es lo que come todos los días esa inmensa mayoría de colombianos que nunca ha leído un libro porque no pueden comprarlo. A esas personas es a las que hay que llegar, robárselas del imperio de las telenovelas y mostrarles que un libro no es un objeto de culto ni de lujo ni de reverencia, sino algo tan sencillo y común como un lápiz, un aguacate, una naranja o una cerveza.

PD. Para los “inteligentes” que creen que este blog fue pagado por cerveza Póker, quiero decirles que entre Águila y Póker prefiero Club Colombia, pero no tomo ninguna de las tres porque existe BBC.

Firmado: Simón Posada

Tomado de Eltiempo.com

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